Todos los perros van al Cielo
Ulises es un perro muy negro y un poco viejo, ya le cuesta un
poco respirar y también caminar. Se le han gastado las patas de tanto andar,
correr autos y a otros perros. Le gusta estar con su amigo Baymax y con él a la
tarde jugar. Son los dos labradores, de pelo muy suave y lacio, uno negro y el
otro rubio. Son perros muy amigables, juguetones y simpáticos con las personas.
Una anciana apodada Ñata es la dueña de Ulises desde que es muy pequeño. Lo
acaricia cuando pasa, le cocina siempre que puede, lo alimenta todos los días,
y cuando hay fuegos artificiales lo deja entrar a la casa porque tiene mucho
terror a esos ruidos. Y es imposible sacarlo, todos lo han intentado pero
parece muy pesado y de cemento pegado al suelo. Solo hay que esperar a que él
quiera salir de la casa. No hay otra forma de que salga.
La dueña de Ulises tiene un nieto llamado Simón. Cuando él
nació, Ulises ya estaba en la casa, desde mucho antes. Lo vio crecer, caminar,
le chupó los dedos y seguro la cara también. Lo perseguía y le quitaba las
pelotitas. Simón juega con él y con su perro, Baymax, compañero de Ulises. Con
el tiempo se hicieron muy amigos. Tiempo después Simón empezó la escuela y el
tiempo dedicado a sus perro comenzó a ser menos, porque tenía tareas o quería
simplemente jugar a la PlayStation. Los veía y los saludaba en la mañana y en
la tarde. Pero Ulises empezaba a envejecer, caminaba más lento cada vez, el
pelo se le caía y los ojos envejecidos parecían tristes.
Un día Ulises no quiso comer, se quedó acostado mucho tiempo
en un rincón de su jardín. No se acercó a su dueño por muchos días. Caminaba
por el patio sin rumbo, se acostaba en un lado y luego en otro, pero estaba
desganado. Solamente se acostaba y esperaba. Pero ¿esperaba qué? Simón lo veía
y le silbaba, le mostraba la pelota, pero ya no se paraba.
Simón fue y le contó preocupado lo que ocurría a su madre,
Cecilia. Entonces ella enseguida sacó su auto para llevarlo al veterinario, y
fue en ese momento que Ulises se levantó y corrió animado hacia la vereda.
Parecía sonreír, con un andar rejuvenecido, trotaba y sacaba su lengua al
viento. Buscó otro perro para ladrar pero no encontró ninguno. Y sorprendidos
Simón y su mamá lo vieron todo y no podían creerlo. Como el perro había
mejorado, sin dudar volvió su auto a la cochera y todos se despreocuparon.
Volvieron a sus actividades diarias y Ulises al patio, otra vez.
Tiempo después el perro había empeorado notablemente. Estaba
peor que aquella vez. Ya se suponía que sería una de las últimas noches en
aquella casa, con aquella familia, con aquel niño tan simpático y cariñoso.
Ulises solo quería que Simón lo acariciara por última vez, se despidiera de él
y rezara a Dios para que lo esperase en el Cielo.
Su mamá lo encontró antes que Simón. Estaba en un rincón del
patio, como acostumbraba, en medio de una noche fría esperando dejar esta vida.
Él quería ir al Cielo para no sufrir más. Sufría porque no podía caminar ni
respirar. Sufría porque tenía muchos años y estaba viejo. Sufría porque no es
eterna esta vida. Cecilia sintió la necesidad de llamar a Simón y así lo hizo.
Lo buscó y juntos se despidieron de Ulises, por si fallecía en aquella noche
fría. Juntos lo taparon con una manta y le dieron su adiós infinito.
Simón entristeció de pronto, en esa noche oscura, sus ojos se
llenaron de lágrimas y brotaron de su corazón de niño. Miró el cielo y la luna,
y viendo también las estrellas pensó solo en perros. Entre lágrimas Simón
pensaba en Ulises, en sus juegos y en lo mucho que lo quería. Le hizo un
hermoso dibujo a su amigo canino, y también le rezó a Dios y le contó que a
Ulises lo quiere con todo su corazón. Pidió que le reservara un lugar especial,
allá en el Cielo eterno donde descansan los perros.
Al día siguiente, Ulises ya se había ido. Había viajado
lejos, camino al Cielo. Simón se despertó y fue a revisar su lugar. Al ver su
cuerpo tan quieto, lo acarició y su interior lloró una vez más. Pero eso no fue
todo.
Capítulo 2.
Ulises llegó a una nube blanca y de algodón, suave y con
gusto a crema. Se atrevió a probarla. Al final de un camino de pétalos se
encontró un arco de entrada que decía “¡Bienvenido al Cielo, donde la vida no
termina!” Sonrío y siguió trotando. Sus patas ya no le dolían y respiraba
perfectamente. Llegó a una multitud de perros, parecía un fiesta. Todos
sonreían y saltaban, bebían y comían sin parar de una mesa de banquete. Se
escuchaban ladridos a lo lejos, de aquellos perros que habían mordido a
personas y que no habían sido buenos. Ellos no tenían permitido entrar a la
fiesta. Entonces se dijo para sí, Ulises: ¡Menos mal que yo fui bueno con mis
dueños! -con tono aliviado. Gracias a eso pudo entrar en el festín.
Caminaba y curioseaba por doquier, iba oliendo todo lo que se
cruzaba. Quería ver y conocer todo el Cielo. Se escuchaba la música cada vez
menos, hasta que se alejó de la fiesta sin siquiera notarlo. Subía y bajaba
distintas nubes, saltaba de una a otra. Y mientras lo hacía sonreía y parecía
feliz. Hacía piruetas, daba brincos y giros como si bailase ballet. De pronto se
encontró con tres tronos. Se decía: -Parecen sillas de las que tienen los
humanos, pero son mucho más grandes, enormes para ellos, y muy decoradas. Seguro
no pertenece a los humanos. Me quedaré aquí hasta que alguien venga.
Quedó con la boca abierta, sorprendido del tamaño de aquellos
tronos. Los miró una vez más, los observó atentamente y con la inquietud de
saber de quién era, dio media vuelta (como suelen hacer los perros antes de
echarse) y se acostó en la nube más esponjosa para esperar que alguien viniese.
Mientras tanto jugó con su hocico en el algodón de las nubes hasta que…
descubrió en el silencio de aquel Cielo que podía oír la voz de su dueño.
El niño había continuado su vida. Triste se despertó por varios
días. Era pequeño para hacerle frente a la muerte de su gran amigo canino. En
las noches lo soñaba y pronunciaba su nombre, a veces llorando y otras
extrañándolo. Decía murmurando en sueños -Uli, no te vayas. Despertaba llorando
y rápido se secaba la cara para que nadie lo viera. Intentaba hacer su vida
como si fuera normal pero Simón ya no vivía como antes. Una parte de él se
había ido con Ulises. Lo extrañaba muchísimo y salía al patio y allí se quedaba
un largo tiempo, pensando y recordándolo.
A Ulises se le llenaron los ojos de lágrimas al ver la
tristeza que cargaba su dueño. No podía dejarlo así, había sido su buen amigo y
lo había hecho feliz en la Tierra. Al cabo de un buen rato, el perro escuchó
una risas que se aproximaban al lugar donde estaba acostado. Resonaban con
mayor fuerza. De pronto vio acercarse a una joven mujer vestida de Sol con la
Luna bajo sus pies, con estrellas sobre su cabeza y un manto cubriendo sus largos
cabellos. Con ella venía un hombre joven, alto y de barba y cabellos rizados, con
una túnica blanca que cubría todo su cuerpo, excepto sus manos y pies que
tenían agujeros ensangrentados. A ambos les brillaba el corazón con muchos
colores, con rayos de luz. También se oía una voz grave pero no podía verse de
quién provenía. Ulises se levantó y los esperó de pie frente a los tronos.
Pasaron frente a él y se acomodaron. Lo saludaron respetuosamente y preguntaron
qué se le ofrecía.
El perro con mucha cortesía respondió aquella pregunta con
las siguientes palabras:
-Mi humanito está sufriendo, está muy triste porque he venido
aquí y ya no tiene mi compañía. Llora por las noches y sonríe menos que antes.
Quisiera saber quiénes son ustedes y si hay algo que puedan hacer por mi dueño,
quien me ha entregado su corazón entero hace tiempo.
Le respondieron uno a uno, comenzando por la mujer.
-Yo soy María, la Virgen Santísima. Escucho los rezos de las
personas de la Tierra y las ayudo a llegar al Cielo, donde la vida es eterna y
no hay final. Donde la felicidad es para siempre. Y Él es mi hijo. -dijo
señalando al hombre de la túnica.
-Yo soy su hijo, Jesús, también llamado Jesucristo o Salvador
del mundo. Me sacrifiqué en una cruz por los pecados de todas las personas del
mundo, de las que existieron y las que existirán. Morí en una cruz y por eso
tengo estas marcas en mis manos y pies. Luego fui al Infierno, visité la
oscuridad y a las almas perdidas. Y resucité de la muerte tres días después.
Soy Camino, Verdad y Vida. A mí me rezan para que ayude a las personas, para
que obre milagros e interceda por ellas. Todo lo que hago es para que puedan llegar
al Cielo.
-Y yo soy Dios, tu Creador. Tengo mucho poder, conozco todo
lo que existe y existirá. Soy fuente de vida de todas las personas que existen
en la Tierra, de los animales, de los ángeles, y de toda la naturaleza. Soy
Amor en abundancia. Soy alegría y fe, confianza y esperanza. Soy bueno y
generoso. Soy Padre de todos los que se han bautizado. -dijo la voz grave que
surgió del trono mayor y comenzó a brillar densamente. Cada vez más brillante.
Ulises quedó atónito y sorprendido de haber conocido al Dios
que tanto quería conocer. Él le había dado la vida. En ese momento supo que
podría pedirle ayuda para Simón y juntos podrían hacerlo sonreír otra vez.
-Señor mío, mi Dios. Te pido que me ayudes a calmar la
tristeza que mi humanito alberga en su interior. Quiero abrazarlo una última
vez. ¿Será eso posible? ¿Podrías concederme esta última petición?
-Yo creo que es posible. Ahora dime, ¿estás dispuesto a bajar
sin marearte, a abrazarlo por unos breves minutos y volver al Cielo? Porque es
posible que te sientas triste y luego sea peor para ti.
-Claro que sí, Señor -respondió Ulises. -Mucho más que
dispuesto. Quiero hacerle bien a mi niño y que pueda ser feliz otra vez. ¿Crees
que pueda conocerlos a ustedes? Porque mi dueño aun no los ha conocido.
-Por supuesto. Podemos escribirle una carta llamada “Carta
Celestial” dirigida especialmente a él.
Emocionado saltó de alegría -¡Sí, sí, sí! Eso sería
grandioso, increíble. Sería suficiente para que los conozca y para que pueda
continuar con su vida felizmente.
-Bien, prepararé todo lo necesario. Escribiremos con María y
Jesús esa carta y te mandaré llamar en el día de mañana cuando todo esté listo.
-Gracias mi Señor. Hasta pronto. -Ulises se retiró de aquel
lugar y regresó a la fiesta perruna.
En su trono permaneció Dios, quien había encargado a Jesús y
a María que escribiesen la Carta Celestial. Mientras tanto Él pudo observar de
cerca a Simón, quien estaba tal cual había dicho Ulises. En el momento en que
el niño dormía le acercó el dedo a su cabeza y lo acarició, puso en su
subconsciente un sueño alegre sobre los perros que llegan al cielo: donde los
huesos abundan, se persiguen las colas, hay juegos de autos para perseguir, y
hay comida que pueden comer a montones. Dios sintió compasión de él y se
encargó que Ulises bajara a ver a su “humanito” como le decía.
Capítulo 3.
Al día siguiente Dios mandó llamar a Ulises. Estaba listo
todo para emprender su viaje. Ulises estaba ansioso y esperando ver a Simón
otra vez de cerca, ver otra vez esos ojos azules y esos cachetes regordetes.
-Te daré un par de alas que deberás usar con sabiduría y
moderación. -dijo el Creador. -Y bajarás en este momento en una nube ascensor
que te llevará hacia la casa del niño y te esperará un tiempo determinado.
-¿Y cómo sabré cuánto tiempo tengo?
-Te daré también un brazalete con una batería cargada. Cuando
comience a titilar la luz roja debes encaminarte hacia la nube para que te
traiga de regreso.
-Entendido. ¿La carta la tiene?
-Claro, aquí te la entrego. ¡Buen viaje!
Comenzó a bajar en la nube ascensor. Ulises no podía dejar de
sonreír de contento. Vería a su amigo humanito otra vez, y su corazón estaba
muy feliz. Llegó a la ciudad y pronto divisó la casa de Simón. Se encaminó a su
habitación pero ya todos estaban en un profundo sueño. Había solo silencio en
la casa. De pronto comenzó a escucharse la voz del niño: -No me dejes Uli. -Las
lágrimas brotaron de sus ojitos cerrados. Corrían por sus mejillas mojadas esas
lágrimas saladas que en un momento fueron lamidas por la lengua áspera de su
amigo Uli.
Simón despertó y no podía creerlo. Quedó asombrado,
estupefacto en su cama, inmóvil y más despierto que nunca. Lo miró a su perro:
estaba igual que siempre, pero tenía un par de alas y una aurora de brillos.
Estaba más hermoso que nunca. Y se decidió a hablarle:
-¡Hola Uli, te extrañé! No quería que te fueras.
Y no esperaba respuesta, pero Ulises le habló… en palabras
humanas que Simón logró comprender.
-Yo tampoco quería dejarte triste, pero debía irme.
-permaneció sentado en los pies de su cama, sonriendo.
Quedó más asombrado que antes y sus ojos azules estaban cada
vez más abiertos. Hasta que se decidió a abrazarlo. Y así lo hizo. Muy fuerte
para que no se fuera más. Le sintió las alas y se las tocó, eran suaves y
blancas, magníficas e imposibles de imaginar. Se soltaron y miraron fijamente a
los ojos por unos minutos. Ninguno emitió palabra alguna. Querían permanecer en
silencio o no sabían qué decir. Simón no dejaba de acariciarlo.
-He venido solo a abrazarte, a darte mi último adiós infinito
y a entregarte esta Carta Celestial que te envían los tres grandes del Cielo:
Dios, Jesús y María. -el perro le entregó la carta. Y unos minutos después
comenzó a titilarle en rojo el brazalete. -¡Oh no! Enseguida debo partir hacia
el Cielo. No volveré, debes saberlo.
-Pero no podré ser feliz sin ti.
-Claro que puedes. No pienses que ya no estoy contigo, sino
que estamos en lugares diferentes. Yo estoy en un lugar mejor para mí: el Cielo
de los Perros. Puedes recordarme las veces que desees, nunca me iré de tus
recuerdos. Sigue con tu vida, sé feliz y vuelve a sonreír. Te observaré desde
allí arriba.
-Entonces ¿por qué te vas?
-Cuando Dios quita algo de tu vida es para darte algo mejor.
Él tiene grandes planes para ti. Seguro me ha quitado de tu vida para darte
algo mejor, solo ten confianza y espera.
-Todavía soy muy pequeño para entender tus palabras pero
prometo que lo intentaré.
-Eres buen chico, mi humanito.
Y sonrieron los dos juntos por última vez. Ulises volvió a la
nube con sus alas y Simón lo siguió con la vista desde la ventana de su
habitación. Sonrió y se acostó nuevamente. Se le escapó la última lágrima por
Ulises y se quedó dormido con una leve sonrisa.
Al día siguiente se levantó alegre y con una sonrisa. Saludó
a sus padres, les contó lo ocurrido esa noche con Ulises. Sus padres lo
abrazaron y sonrieron con él. Y dando saltos se fue a jugar al patio. Desayunó
jugando y más tarde se fue a la escuela. Jugó con sus amigos y recordó a Ulises
las veces que quiso, siempre con una sonrisa en el rostro.
"Todos los perros van al Cielo"
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