Con la mirada en alto
donde no reina el dolor,
donde Dios te recibió
y el perfume de María reinó.
Con el paso del tiempo
te ibas despidiendo del mundo,
nos ibas saludando con la mirada,
abrazándonos sin abrazar,
amándonos sin hablar,
sintiéndonos sin tocar.
Te fuiste, quedamos sin ti,
te fuiste sin despedirte
y quedé atónitamente boba,
sola con mis pensamientos
y los sentimientos encontrados
que paseaban en mi pecho.
Te fuiste y sentí la soledad,
tus ausencias futuras
se hicieron presentes,
asustándome un poco;
contrayendo mi alma
y trayendo raras sensaciones.
Me quedé recordando
miles de momentos
felices que me diste,
que me regalaste:
flores que en mí sembraste,
recetas de vida compartidas,
leyes del fondo del mar.
Te fuiste y nos quedamos,
te fuiste y ya te extrañamos,
desde aquí te rezamos.
Te fuiste consumiendo,
te largaste por no soportar,
te escapaste y te dejamos,
quisiste correr y no te paramos,
era lo mejor, fue lo correcto.
Ya no serán dos tazas
en el desayuno, ni platos
en la mesa, ni manos tomadas
ni abrazos cálidos. Todo eso
simplemente se reduce a uno.
Llueve sobre mi cabeza
pero no me importa,
el café con leche ya no sabe
igual que ayer,
el agua parece arena,
el piso se mueve bajo mis pies,
la rutina me absorbe
pero ya no estoy ahí,
simplemente existo y me deslizo
con un agujero abierto en mi pecho.
Comprendo que ya no sufres,
que las agujas ya no pinchan,
que no hay batas blancas
ni camas con ruedas.
Comprendo y sé que era hora
pero nadie dijo, nadie advirtió
cuánto dolía dejarte marchar,
dejarte ir por el sendero amarillo.
Volá alto, escápate al Cielo
y recíbenos del otro lado.
¡Siempre te extrañaré!

Comentarios
Publicar un comentario